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6 feb 2012

My Murder: Capítulo 20

"Cuando nuestros autos chocan"
(My Chemical Romance "when both our cars collide") 



Suspiré preparándome para la respuesta que Gerard me daría a la siguiente pregunta

-¿Dónde está él?
-Uh, sigue en casa. Pero está de necio, no quiere volver a la terapia con el psicólogo
-¿El psicólogo?
-Sí, Helenita. ¿No te acuerdas? Él alucinaba con un fantasma.
-¿El fantasma de quién?
-Por favor, hermana, te dije que hablamos luego. Mi jefe me espera en el despacho.
-Bueno…--me resigné a hacer más preguntas—Cuídate, Gee
-Nos vemos luego, Helena—besó una última vez mi frente y salió corriendo del cuarto.


  No sabía qué hacer, así que decidí… tocar uno que otro botón.
-¿Qué necesitas?—preguntó agitada la enfermera amable. Llegó más rápido de lo que yo esperaba.
-Respuestas.
-Oh—suspiró—Respuestas… Bien, trataré de decirte todo lo que sé.
  Ella tomó un banquito de metal, en el que Gerard estaba sentado cuando llegué a la tierra de nuevo.
-Bueno, principalmente, quiero saber ¿Cómo llegué aquí?—inicié sentándome sobre la camilla.
-Bien, señorita Way. Llegó aquí por un accidente automovilístico que le paralizó primero el lado derecho de su cuerpo y una semana después, la dejó en un coma grave. Casi moría
-No me hables de usted, me siento vieja cuando hacen eso
-De acuerdo—soltó una risita—Eres igual a tu hermano.
-¿Conoces a Gerard? –Sentía que debía saberlo todo, no tenía que irse ni un detalle.
-Pero claro que sí, él… bueno, él fue la razón del choque y también sufrió un poco, pero menos que tú.
-¿Con quién choqué? ¿Sabes si iba yo manejando?
-Sí, Helena. Era una tarde de tormenta. Realmente no sé por qué te habías enojado con tu hermano, perk condujiste hacia la ciudad más cercana de aquí, ibas muy rápido. Gerard dijo que tiempo atrás tenías pensamientos suicidas, entonces llamó a la policía. Temió lo peor para ti. Después de informarle al jefe en turno, él salió en su auto para buscarte.—hizo una pausa y suspiró como si algo le molestara—Y… bueno, cuando tu pisaste el acelerador en una de las avenidas principales de aquella ciudad, él conducía del lado contrario y… ambos chocaron.

  Un silencio incómodo llenó la habitación. No sabía qué decir, me sorprendía la nueva actitud que veía en Gerard. Porque creí que era otra clase de persona, claro no tan ruín como Mario, pero sí un poco… Grosero, y malagradecido.

  Pero la manera en que cuida del cuerpo de Helena… bueno, la manera en que me cuida, es digna de un buen hermano mayor.


-¿Fue culpa suya o mía? –pregunté rompiendo el hielo.
-De nadie. Pero ambos estaban mal. Obviamente tú más, ni siquiera parpadeabas, el golpe te había dejado en shock y Gerard se preocupó más…--acarició mi mano-- Un mes él estuvo en esta misma habitación contigo recostado en otra camilla. En rehabilitación. Tres meses después y no despertabas, Gerard ya había salido del hospital, pero aún así venía a visitarte todos los días, a la misma hora, sin falta. Helena, él te extrañó como no te imaginas. Alguna vez llegaste a mover los dedos del pie… --hizo una pausa—Creo… que fue aquél día en que el trajo a su amigo.
-¿Qué amigo?
-Un joven, más chico que ustedes dos, de ojos claros y de estatura baja…
-…Frank…
-Creo que era él…--la enfermera respiró hondo y miró el suelo. Después volvió a verme a los ojos—Es todo lo que sé.
-Es suficiente—le dije sonriente—Gracias
-Muy bien—ella se levantó y me arropó con las delgadas sábanas de la camilla—Ahora debes descansar. ¿De acuerdo?
-Sí—contesté recostándome bien.
-De todos modos yo seguiré por aquí.
  Acomodó algo en uno de los pocos tubos que ya tenía injertados en mis venas y luego me dio mucho sueño. ¿Era droga eso? … Se sentía bien. Muy bien…

  Su rostro se desvaneció y yo caí profundamente dormida.

***

-Helen… Helen-na—alguien me llamaba tartamudeando y movía mi brazo—Helena Lee despierta, es hora de comer.
  Abrí los ojos y luego los tallé. El sueño me invadía pero aún así el hambre no se dejó obligándome a despertar.

-¿Qué hora es? – le pregunté a la enfermera
-Hora de que te levantes—miró su reloj—Son las once y media de la mañana.
-¿De la mañana?... Pero, entonces dormí una hora solamente…
-No, Helena. Dormiste todo el día. Veinticuatro horas casi exactas.
-¿Enserio?
-Sí, creo que debemos relajar un poco la dosis…
-¿Cuándo puedo irme?
-Pareces una niña de quince años haciendo preguntas todo el tiempo
  “Soy una niña de quince años” dije en mis adentros. Pero, obviamente eso no lo sabía la enfermera. Y claro, no podía culparla por no saber, nadie en este jodido hospital lo sabía, sólo yo.
-Tengo que. Hay muchas cosas que no recuerdo.
-está bien, pregunta todo lo que quieras. Ahora, toma—la enfermera puso una charola sobre mi regazo—Come y yo te espero.
 La tomé y miré lo que me traían de desayunar: Una ensalada, una manzana  un flan. Miré a mi derecha donde se encontraba ella sentada y noté que tenía una caja de jugo de manzana en la mano. Supongo que era para mí
 Volví la vista a mi comida.
-Anda, no está envenenado—agregó la enfermera y soltó una risita—Es en serio. Aquí la ensalada no está podrida como en las películas.
  No dije nada y tomé el tenedor de plástico. Puse un poco de ensalada verde en él y engullí. Estaba fresca y rica, como dijo ella. Seguí comiendo, casi sin respirar, el hambre me mataba.
  Al terminar, me di cuenta de algo; todo eso lo hice con la mano izquierda, muy natural fue mi movimiento. ¿Helena es zurda, por qué no me lo dijiste, pequeña Scarlet? Pensé, intentando hablarle, pero ella no me contestó.


  Volteé a ver a la enfermera y con un mohín me invitó un poco de ese jugo que sí se me antojaba y de inmediato acepté.

***

  A las dos de la tarde, con caras llenas de asombro, el médico y las enfermeras decidieron darme de alta. Al parecer el regreso de la vida de Helena era casi un milagro.
  Media hora después, bien bañada, me encontraba sentada sobre una cómoda silla de ruedas, con ropa de Helena y sus pantuflas.

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  Esta silla era divertida, movía un poco las llantas y me trasladaba rápido. Anduve por los pocos pasillos del hospital del condado, viendo de reojo a los demás pacientes casi fríos recostados en sus respectivas camillas. Unos lloraban, otros dormían. Eran los pasillos de la desolación para todos, menos para mí.

  Regresé a mi habitación. Me acomodé el cuello de tortuga azul marino de mi suéter y me di cuenta que todo estaba limpio allí dentro, de nuevo. Como si yo nunca hubiera estado dentro.
  Sonreí al creer que era un sueño. Pero la realidad era que al ser pequeño el hospital, las mucamas lograban cambiar y limpiar sábanas y demás en todas las habitaciones de inmediato.
  ~~

La enfermera amable tocó mi hombro por atrás y giré la silla para verla.
-toma, se te olvidó esto—me dijo ella dándome un retrato—Se ven bien juntos…
-Ah, gracias—dije extrañada
-En unos momentos viene Gerard por ti…
  Y desapareció entre la blancura del pasillo.

  Contemplé la fotografía. Eran  Helena y Gerard. Bien, Gerard y yo, supongo que unos años atrás, pues él no se muestra como ahora, con ese cabello tan oscuro y las ojeras… En el retrato se ve feliz, más joven, incluso su cabello es verde muy rebelde y sonríe sincero. Helena está abrazándolo por atrás, en una feria…
  En serio se ven contentos, pero el pueblo sigue siendo el mismo, se ve igual de frío y gris.

   Por alguna razón, una lágrima cayó sobre mi mejilla.
“Es que Helena aún extraña esa juventud” resonó la voz de Scarlet.
-¿Siento lo que elha debería sentir?—pregunté en un susurro
“Sí, es esa conexión que todas las almas que han hecho esto, como tú, odian. No les gusta sentir lo que otros deberían, pero esas son las pocas consecuencias del cambio de cuerpo, Scar. Perdón… Helena”
-Entiendo—fue lo último que dije, y dejé que mis ojos se inundaran de agua. También dejé al cuerpo llorar un poco y luego me sequé las lágrimas.
  No iba a quedarme como antes con el nudo en la garganta, y este no era mi cuerpo, temía maltratarlo.

  Dejé el retrato en mis piernas y me dirigí a la recepción. De nuevo crucé pocos pasillos del lugar y miré a los mismos pacientes sufriendo.


  La entrada del hospital tenía puertas grandes de cristal. Me quedé ahí, sentada sobre la silla de ruedas a mirar el aburrido y feo paisaje del pueblo donde siempre he vivido.

  Volví a juguetear con la silla. Comenzaba a aburrirme. Pero a lo lejos, entre la neblina del frío otoño ahí afuera, logré vislumbrar a un tipo alto y pálido, vestido con un smoking.

Sí, era Gerard.

  Entró corriendo por la puerta de cristal y se quitó los guantes.
Me miró de soslayo y sonrió. Pero en vez de venir a mí y abrazarme, se dirigió inmediatamente al escritorio de la recepcionista y ella le dio papeles. Él firmó y después, al fin, se giró y me miró.

-¡Hola, Helenita!—saludó hincándose para verme – ¿Cómo te fue hoy en el hospital?... Ayer vine a verte en la noche, pero estabas dormida. Temí que volvieras a ser un vegetal—después de su comentario, Gerard soltó una risita nerviosa y me miró a los ojos.
  Quizá esperaba a que dijera algo, pero… realmente no sabía qué contestar.

-Qué bueno que estés aquí—fue lo único que se me ocurrió decir—Gracias por seguir cuidándome, Gerard.
-Gee—dijo él molesto
-¿Gee?
-Sí, así me llamabas. ¿Te acuerdas?
-Oh, sí, lo recuerdo—mentí—Pero…
-No te preocupes, era un chiste. Dime como quieras—Gerard me interrumpió.
-Eres raro—Comenté haciendo una mueca.
-Ya lo sabías—dijo él levantándose. Luego, ‘mi hermano’ se paró detrás de mí y preguntó--¿Lista para regresar a casa, después de un largo viaje entre sueños?
-Supongo… --dije temerosa
  Y el segundo asesino de Scarlet empujó mi silla de ruedas. Pero entonces, una voz llamó su nombre.

-Señor, Way. ¡Señor Way!—gritaba una enfermera haciendo que Gerard volteara y se detuviera.
-¿Sí?
-No pueden llevarse la silla de ruedas. Pertenece al hospital del condado… Lo siento
  “Strike uno” pensé burlándome de nuestra equivocación al creer que nos regalarían esta cómoda silla de ruedas.
-Oh. De acuerdo, pero sólo déjenme llevarla al auto, está aquí en frente. ¿Sí?—respondió hábilmente. En serio me quería cuidar…
-De acuerdo, señor Way.
-No me tardo.

Entonces Gerard volvió a tomar los manubrios y me empujó más rápido hacia fuera del edificio.
 

  El viento soplaba afuera, se veía que una tormenta venía en camino. Gerard me puso una cobija sobre las piernas y volvió a empujarme.
  Al llegar a la puerta de su auto-que era un Lincoln clásico negro-me tomó debajo de los hombros y me ayudó a levantarme. Sólo tuve que dar algunos pasos para entrar por la puerta del copiloto.
-¡es un milagro!—gritó de repente--¡¡Ya camina!! Gracias, diosito…-- y luego comenzó a reír.
  Yo lo seguí. Por todos los cielos, sus bromas me animaban.
-Cálmate, Gee. No me volví una inválida…
-Pero casi.
-Bueno, ya, ayúdame a cerrar la puerta.
  Él obedeció y regresó corriendo al hospital con la silla de ruedas.

   Mientras, yo me dediqué a observar su vehículo por dentro.
    A decir verdad, se veía muy ordenado, para ser de Gerard. Porque todo estaba limpio, los asientos grises bien cuidados, el tablero era viejo, pero se veía servible. Los botones del estéreo sí se veían gastados, pero nada fuera de lo normal… Del espejo retrovisor colgaba un collar con un dije en forma de diamante. Y fue ahí donde recordé que Frank tenía mi dije. El que tenía forma de clave de sol y que él mismo me regaló. Tenía que encontrarle.<+o:p>

  Intenté pensar qué habría pasado con él durante los últimos nueve meses sin mí, sin Scarlet.

  Recordé la última vez que hablamos. Él dormía en la cama de Gerard y yo me encontraba sobre la repisa de la habitación…

  Suspiré. Y luego Gerard me asustó al abrir la puerta del piloto.
-Bueno, listo. Dicen hos doctores que debes seguir reposando
-Lo sé, gracias por recordármelo—dije tajante mirando el volante.
-¿Te gusta mi nuevo auto?
-¿Es nuevo?
-Claro que sí. El otro se hizo mierda cuando… ocurrió el accidente.
-Ah—hice una pausa y lo miré—Oye
-¿Qué?
-¿Todavía… vive Frank contigo?

23 oct 2011

My Murder: Capítulo 12

"Y pude haberme quedado contigo toda la noche, de haber saber cómo salvar una vida"
(The fray "and I could have stayed up with you all night...")


Cerré los ojos, me acurruqué al lado de Frank llevando mis rodillas al pecho.
-…me hubiera quedado despierto contigo toda la noche, de haber sabido cómo salvar una vida…--escuché que cantaba…

No podía creerlo, estaba llorando con él. Miré mis piernas. Todo comenzó a darme vueltas.

Para cuando me di cuenta, yo ya no estaba sentada sobre la cama de Frank. Volví a la misma nube donde me detuve hace un momento con Bob.

 Él estaba ahí, vi sus pies descalzos sobre  la suave nube.

-¿Qué haces, Scarlet?—preguntó después de unos segundos, pero no respondí. --¿Por qué lloras?
Descubrí mi cara.

-Sí. Lloro… ¿No puedo hacerlo?—sollocé.
-Claro que puedes—dijo sentándose al lado de mi—Pero no deberías. Ya se lo dijiste: estarás en un lugar mejor. Ya no llores, pequeña Scarlet.
-No entiendo por qué lloro.
-eso pasa cuando las almas están realmente conectadas.
-¿Ves? Entonces déjame llorar con él.
-No puedo
-¡¿Por qué no?!
-Porque si te dejo, harás que su problema lo hunda por completo. Lograrás que se deprima más. Imagínate: las dos partes de un alma completa deprimidos… ocasionarías que se vuelva un ser suicida, Scar. Harías que su sufrimiento se vuelva interminable. Y apuesto a que no quieres eso—me dijo posando de nuevo esos azules ojos sobre los míos.
-Pues… no
-bien, hoy aprenderás a ser fuerte, Scar—sonrió y de nuevo se esfumó.

Frank no era malo. Ahora lo sabía… Su madre se había casado con Mario diez años más tarde cuando el padre de Frank falleciera unos meses después de que él naciera. Pobre muchacho.
 No era culpa suya que Mario, en vez de ser un hombre honrado, resultara ser un asesino en serie.


 Hoy también me había dado cuenta de que él fue el único que estuvo ahí para mí… aunque yo jamás quise notarlo.
  Al saber esto veo que lo amo más que a cualquier otro ser en el planeta, incluso más que a mí misma, al ser claro una chica egoísta. No podía dejarlo sufrir.

  Y es que él me calmaba. Siempre estuvo ahí. Estuvo ahí cuando morí, y en vez de hacerme enojar, me sentí mejor. Estuvo ahí también cuando Gerard obedeció las órdenes de Mario y me tiró a la laguna del parque del pueblo. Estuvo ahí cuando tuve que enfrentar mi propia autopsia, también en mi funeral y mi entierro. Siempre quiso acompañarme…
  Soy yo la egoísta, porque en vez de agradecerle, me dediqué a maldecirlo por haberme dejado sin respiración.

Bob volvió a aparecer sentado a mi lado.
-¿Has recordado algo últimamente?
-realmente no…--dije ya sin lágrimas—Desde que fallecí, la memoria se me ha estado borrando, casi no recuerdo mi primer día de escuela. ¿Esto es normal?
-Sí. Es normal que comiences a olvidar tu vida humana ya que has fallecido, querida—contestó con nostalgia—Yo tampoco recuerdo lo que me sucedió a mí…
-¿Por qué preguntaste si recordaba algo sabiendo que comienzo a olvidar cosas?
-Porque normalmente, el último recuerdo que un alma en pena tiene es el que le da pistas para terminar su misión…
-tuve uno con la pequeña Scarlet. Me llevó a recordar lo que me habían hecho. Fue horrible.
-Ah, no… no hablo de un simple recuerdo. Hablo de que regresas al pasado para saber un poco más… para comprobar algo.
-¿Enserio? Todo esto me parece una película.
-Pero no puede serlo. No hay cámaras a tu alrededor…
-Lo sé. Ojala fuera una película, o un mal sueño. Pero sé que no lo es… no lo es.
-Lamento decir que no, Scarlet. Esto no es un sueño. Esta es la vida…
-¿Crees que ya deba tener algún recuerdo?

Después, Bob se quedó petrificado y escuché un chasquido. ¿Por qué siempre deben ser chasquidos y no una campanita o algo así? …



***

Estaba sentada sobre la banqueta de una calle cualquiera.
Mi cuerpo era menudo. Al parecer tengo nueve años.
La gente pasa sin notar que estoy aquí.
Mamá y papá no vienen a buscarme.
Ni siquiera mi hermana gemela se encuentra a mi lado.
¿Qué pasa?


Miro mis rodillas, están raspadas.
Tengo un pañuelo en la mano derecha y en la otra una tarjeta.
“Espero se mejore tu hermana pronto”
Dice con letras escritas en cursiva.
-¿De quién es esto? ¿Es mío?


Una mano toca mi hombro. Volteo, y a mis espaldas hay un niño un poco más grande que yo. Tiene una chamarra verde puesta y su capucha está sobre su cabeza. Sonríe tímido.
Sus ojos… me recuerdan a alguien.
-Hola, Scarlet—saluda
-Hola…Olvidé como te llamabas.
-No interesa. Oye, ya no llores ¿sí?—se sentó a mi lado y secó una lágrima que se desbordaba por mi mentón.

Diablos, enserio estaba llorando. ¿Dónde estoy?
 ¿Acabo de regresar al pasado como dijo Bob?

Me abrazó.
-Mi madre también  falleció. No te preocupes, Scar. Yo te voy a cuidar porque eso hacen los amigos. Aunque tu familia se vaya a donde las almas buenas van, yo me quedaré contigo.
Me dio un beso en la mejilla.
-Gracias—respondí de forma automática—Yo también pienso cuidarte. Perdón pero ¿por qué murió tu mami?
-¿tu hermana está mejor?—respondió evadiendo lo de su madre.
Su comentario me recordó a una niña pequeña llena de tubos sobre una camilla de hospital.
-Creo que no…--dije sollozando.
Volvió a abrazarme.
-No te preocupes—repitió—yo no creo que tú la hayas golpeado.
-¿Enserio? Es que todos me molestan diciendo que los moretones de su espalda yo se los hice. La abuela también me cree.
-tú no harías eso. Yo sé que no harías eso…
-Gracias…
enserio no recordaba el nombre del chico.
-Siempre estaré ahí para ti, querida Scarlet.
-Gracias. Enserio… ahora debo irme.
-Adiós Scar…--se despidió después de ayudarme a levantar de la mojada banqueta.
 Me dio otro besito en la mejilla y luego tomó mi mano.
-Toma, antes que te vayas quiero darte esto—y puso un collar con una clave de sol en él sobre mi mano.
-¿enserio es para mí?
-Sí. Te quiero, no lo olvides.
-Claro que no… Frank

Soltó una carcajada.
-Recordaste mi nombre…



11 oct 2011

My Murder: Capítulo 11

"Y después de todo, ¿cómo puedes llorar por mí? Porque no me siento mal por ello"
(My Chemical Romance)

  Su habitación no tenía mucho que decir. Se trataba de un pequeño cuarto con paredes pintadas de un verde oscuro con detalles en otro tono del mismo color, su cama distendida estaba en la esquina superior izquierda y en el otro extremo se encontraba una pequeña televisión ocupando como una cuarta parte de un escritorio de madera. En éste había cables y cuadernos… lápices y un retrato de una mujer. Justo al lado de ese retrato estaba mi collar.

   Un suspiro me hizo dejar de observar la habitación para poder poner más atención a la mente de Frank.

Me senté en la orilla de su cama. Sabía que ya no podía verme, así que no tuve problema.

Comenzó a tiritar, como si del peor invierno de la historia se tratara.
¿Acaso era mi presencia la que le hacía sentir así?
Se acostó acurrucándose debajo de las pocas cobijas que tenía.

Bien, ¿cómo demonios puedo meterme en sus pensamientos?
-No te vayas, no te vayas…--susurró haciendo que perdiera la concentración.
Me puse a imaginar las miles formas que había leído en libros sobre como meterte en la mente de otro…
Me concentré, pensé… imaginé lo que pudiera estar pensando y un clic dentro de mi cerebro hizo que tuviera la perspectiva de Frank.
¡Bravo!

(Frank)
No creo extrañarla… no debería extrañarla. De todos modos ya no está ¿por qué lloraría por alguien que ni siquiera sabe o sabía que existo?
Sigue siendo doloroso aún así.
No veré de nuevo volar los fragmentos de su cabello en medio del bosque juntos con el viento del frío pueblo. Ni Volveré a encontrarme con aquellos ojos grises tan brillantes que tenía, Scar… No volveré a ver esas pocas veces en las que sonreía mientras yo me oculto.
No volverá a leer sola en el parque, no la veré recostada sobre el húmedo césped del bosque… aquél bosque donde yo aparecí en frente de ella y ayudé a quitarle la vida.
-¿Qué hiciste, estúpido Frank?—golpeo mi cabeza debajo de las cobijas.--¡Diablos! ¿Por qué hace tanto frío hoy?No, pero yo no lo hice. No pude haberlo hecho… yo era un simple chico de 18 años con sueños, un chico de sueños no puede asesinar. Yo no asesiné a Scarlet.
De nuevo el sentimiento de culpa me invade y las necias lágrimas comienzan a caer otra vez sobre mis mejillas y luego se precipitan sobre mis sábanas.
No podía haber hecho eso, no yo.
Yo no soy un asesino.
-¡No puedo ser un asesino!—grito sin tomar importancia que tal vez Mario pueda escucharme desde la sala.
Sus pasos acercándose me ponen cada vez más nervioso.
Toc, toc, toc.
-¿Qué dijiste, imbécil?—pregunta Mario del otro lado de la puerta
-Que no quiero ser como tú—grité.
Mi tutor forcejeó con la manija de mi puerta para abrirla, pero tenía seguro.
-¡Ábreme, infeliz!—estaba colérico.
-¡No voy a obedecerte de nuevo! ¿Entendido? No quiero ser como tú. No soy tu esclavo o algo parecido, Mario. No soy un estúpido asesino como tú. NO LO SOY—le gritaba mientras el nudo en mi garganta comenzaba a apagar mi voz.
  Minutos después, logró tirar la puerta y entró más enojado que nunca.
Irrumpió en la paz que comenzaba a sentir desde que aquél infernal frío había llegado a mi habitación. Me sacó de la cama y me sostuvo en el aire tomándome de los hombros.
-¡No vuelvas a encerrarte! ¿De acuerdo?—me puso sobre su rostro, obligándome a verle las feas cicatrices que tenía en toda la cara y después fijé mi mirada en los oscuros ojos que sólo él podía tener--¿Qué esperabas hacer, eh?
-Na-nada—dije tartamudo—Yo… sólo quería dormir, Mario.
-¿Acaso crees que mi negocio no tiene validez? Soy de los pocos hombres más ricos de este pueblucho de mala muerte.
-s-sí, Mario. Lo sé, lo sé.
Temía que me volviera a golpear.
-¡No me interesa lo que hayas podido sentir por aquella chiquilla delgada de cabellos enredados! ¡Tú eres mío! ¡Me perteneces! O ¿qué? ¿Ya no recuerdas por qué soy yo tu tutor?—dijo esto bajándome y obligándome a sentar de nuevo sobre la orilla de mi cama. Ese lugar se sentía más frío en especial ¿Por qué?
-S-sí recuerdo, Mario…
-Muy bien—bajó la voz—Ahora descansa. No quiero que el fantasma de tu madre venga a jalarme los pies por tratarte tan mal.
Mi madre. ¿Por qué diablos mi madre no se dio cuenta antes de lo horrible que era este hombre?
-Muy bien—respondí mientras él trataba de acomodar de nuevo mi puerta. Cuando lo logró simplemente se fue con la misma rabia con la que había entrado.
Qué susto me pegó ese maldito.

Si mi madre no se hubiera fijado en ese hombre… entonces mi vida sería mejor que todo esto, estoy seguro. Estoy seguro de que Scarlet no hubiera muerto. O, por lo menos, yo no habría sido participe de aquél terrible asesinato.

Ojala esto nunca hubiera pasado. Yo realmente no quería hacerlo, me siento mierda al recordarme atándole los tobillos y las muñecas. Al recordarme forzándola a inhalar ese pañuelo lleno de droga.

-Soy un monstruo, un monstruo—comencé a llorar de nuevo. Un chico de 18 años cometiendo el peor de los errores: asesinar a la chica de la que estaba enamorado merecía mi vida y mucho más.

Qué idiota. Qué estúpido. No merezco la vida. Si pudiera, cambiaría mi alma para que ella pudiera regresar y así yo podría pudrirme en el infierno por tantas tonterías.

De pronto mi cerebro dio un clic y me dormí profundamente…



~
(Scarlet)
Salí del trance y lo dejé dormir.
Por fin pude ver el rostro de mi asesino. Era más feo de lo que yo pudiera imaginar.
Ver a Frank llorar por mí de esa manera me hizo recapacitar.
¿Y si no era tan malo como parecía?
Eso ya estaba más que obvio.
-Lamento darte frío en vez de calor, Frank—susurré en su oído mientras rozaba su brazo izquierdo. Él se estremeció mientras cerraba más los ojos.


Otra lágrima de los enormes ojos que él poseía cayó sobre sus sábanas.



Entonces Frank no era el culpable de verdad. Mario me asesinó. Frank tenía intenciones de salvarme, pero su egoísmo me mató. Pensé esto último citando las palabras del ángel Bob.
Este chico de cientos de tatuajes me hacía sentir algo segura.
Se volteó sobre la cama quedando boca arriba, respirando el frío que mi presencia fantasmal le traía. Tenía una media sonrisa formada en la comisura de los perfectos labios rosados.
Era cautivador mirar a alguien dormir. Me senté más cerca de su rostro para contemplarlo mejor.
Con esas lágrimas en sus mejillas y la cejas arqueadas hacia arriba pareciendo preocupado, se veía como un niño asustado y no como un temible asesino.

-El no pudo hacerlo—murmuré—Estoy segura de que también sientes esto, Frank.

Esta fría noche Frank sigue sollozando entre sueños… Pero yo le acompaño, y siempre lo acompañaré. Porque… simplemente lo amo.

-Ya no llores. De todos modos ya no me duele—le susurro mientras mis lágrimas también caen. Su dolor era el mío de ahora en adelante…--Ya no llores por mí y sólo duerme… No te preocupes por mí, estaré en un mejor lugar, lo prometo. Te amo.

Te amo porque fuiste capaz de amarme primero y de verme a mí en especial mientras que la sociedad superficial me hacía sentir invisible. Ya no llores, estoy aquí y siempre estaré.

28 jul 2011

My Murder: Capitulo 8

Click al título después de leer este capítulo.

"¿Y rezarias por mí?"
(My Chemical Romance "And will you pray for me?")

-¿Es él?-le pregunté a la pequeña de vestido azul quien apareció detrás de mí cuando comencé a seguir a Frank afuera de la capilla.
-¿Él, quién?-sonrió- Sí, Scarlet. A él le ayudarás… moriste para ayudarle.
-¿Por qué me necesita él?
-Razones que encontrarás  después. Síguelo-me susurró esto último mientras volvía a esfumarse.
“No tengo nada que perder, ja. De hecho me siento perdida ahora…” pensé para mí.
Así que lo seguí de cerca. De hecho estaba a su lado.
Su rostro estaba hinchado y rosado. Como… si hubiera llorado por horas.
Sus mejillas estaban abarrotadas de la sal de las lágrimas secas. Su nariz seguía roja y caminaba mirando el suelo, como si por cada pisada una ilusión en aquél bello rostro se apagara.
-Por Dios, soy un monstruo—murmuraba con voz melancólica--¿Por qué lo hice? Diablos, soy escoria. Soy… soy… un don nadie—suspiró—Todo lo hago por mí, siempre lo hago por mí. ¿Qué tenía yo que meterme en el negocio de Mario? Soy un estúpido. Nadie merece ser asesinado. Nadie…
Caminó hasta el cementerio donde todos esperaban a que mi ataúd fuera descendiendo por la tierra del lugar.
 No estoy seguro de hacer esto” Pensó Frank. Su mente pertenecía a la mía, como una rara conexión entre él y yo.
“Voy a hacerlo, debo hacerlo… al menos para darle un buen descanso a su alma”
Entonces, con una rosa blanca en la mano derecha y mi collar, aquél que había tomado el día de mi muerte, se dirigió hacia donde solo mi abuela, mi amiga y mi amargada tía se encontraban para verme bajar entre tierra y pasto.
Pobrecillo, se ve que si está arrepentido. Pensé.
¿Será que deba perdonarle y ayudarlo como esa pequeña me dijo?

Cuando llegó donde mi ataúd, mi abuela susurró algo a Magda.
-Mira. Ya llegó su novio. Pobre muchacho, la ha de extrañar mucho. ¿Te imaginas perder a alguien a quien amas de verdad?
Mi amiga se quedó anonadada por el comentario de la abuela. Era obvio que Frank no era mi novio. Ni siquiera recuerdo haber hablado con él alguna vez. Pero lo más extraño es que recuerdo haber visto ya esos ojos antes.
Entonces Magda se acercó a Frank.
-¿Quién eres tú?-preguntó en un murmullo casi inaudible.
-¿Yo? Nadie… soy un simple chico que la conocía.
-¿Por qué su abuela dice que eres su novio?
-Ah… está confundida. No te preocupes, Scarlet nunca te escondería nada a ti, y menos si se tratara de un muchacho—le sonrió—Ahora guardemos un poco de silencio.
Mi amiga solo se confundió más.
Frank volvió a ruborizarse, pero esta vez no se notaba tanto, sus pómulos ya estaban rosados desde antes por el llanto.
Cuando mi ataúd comenzó a descender mientras mi abuela rezaba, Frank besó la rosa y luego la aventó logrando que cayera justo en medio de esa caja de madera. Se puso mi collar de forma discreta y le dio un beso también.
-Dios te bendiga. Y espero algún día me disculpes por ser cómplice de todo esto—dijo, se despidió y se fue.
Enserio me necesitaba. Se sentía horrible ver a alguien que no conoces sufrir por tu muerte.
Lo seguí de nuevo. El día comenzaba a nublarse, las densas nubes se veían regordetas ya para que en cualquier momento decidieran soltar el agua con que estaban llenas.
Llegó a una casucha vieja y tocó la puerta.
-Soy yo…
-Pasa-dijo Mario desde adentro.
-gracias, ya estaba haciendo frío—comentó ya dentro de la casa.
De nuevo no logré mirar bien a Mario… siempre ese impedimento me causaba cólera. ¿Por qué diablos no me dejaban verlo bien?
Entonces, la pequeña apareció de nuevo y tomó mi mano.
-¡no, espera! Tengo que ayudarle. Por favor, pequeña. Déjame quedar para saber algo más de él… quiero saber algo más, por favor—supliqué
-No puedo, Scarlet. Debemos irnos, regresaremos después, lo prometo.
-Es obvio que regresaremos. Si no me dejas yo lo hare…
-no te pongas así. Debemos obedecer las órdenes del jefe.
-Está bien.
Y de nuevo todo se movió ante mis ojos.
De pronto tuve un recuerdo. En vez de ir a otro lugar mejor,
nos encontrábamos en aquél bosque cerca de la escuela donde todo esto comenzó…
Me veo a mi misma caminando sobre la orilla de aquél frondoso bosque. Llevo mis cuadernos.
Camino preocupada… y entonces, recuerdo todo mejor…

2 jun 2011

My Murder: Capitulo Uno

" ¿Puedes Creer lo Que Te Han Hecho? ¿No Se Detuvieron Cuando Les Pediste Que Te Dejaran En Paz?"
(Emilie Autumn)
  En aquella bodega, no había más que cosas viejas.  Un par de sillones rústicos enormes, estaba arrumbado al fondo. Cajas con recuerdos de quién-sabe-quién  se amontonaban por todos lados. El único espacio libre eran escasos metros alrededor del colchón donde yo yacía muerta y la mesita donde el muchacho veía televisión.
  Regresé a la cama. Era tan ligera, que ni siquiera el colchón se hundió cuando me senté. Miré mi cuerpo quieto. Contemplé mi cadáver con nostalgia y acaricié mi rostro, como intentando consolarme de un mal día.

  Mis ojos ya estaban cerrados, la nariz no emitía un simple sonido que me diera la esperanza de tener vida, la boca comenzaba a oscurecerse, sólo las comisuras externas permanecían claras, y mis labios estaban abiertos como si estuviera preparándome para hablar. El pecho no se movía ni poquito. Mis brazos y piernas tenían moretones tan obscuros como mi cabello. Al verlos, logré tener un recuerdo pequeño de cómo me habían golpeado al poner resistencia cuando me atraparon. La posición en la que estaban mis manos, hacía evidente que me habían lastimado; ambas a mis costados, cerca de mis caderas, aferrándose ya muy poco a los extremos laterales del colchón en el que descansaba, como si hubiera querido aguantar el dolor que me habían hecho sentir, apretando los puños.  El vestido blanco que me habían obligado a portar me cubría los muslos y las espinillas de las piernas, sólo pude ver mis tobillos que, junto con mis muñecas, mostraban marcas de cuerdas; líneas finas color morado alrededor de aquellas articulaciones tan débiles. Sin olvidar que la sangre que había derramado se encontraba esparcida por el colchón y mí figura. El color ya comenzaba a oscurecer hasta verse casi marrón. Un marrón que cubría la claridad mi ser, la claridad de mi piel tan pálida como la taza en la que el joven asesino tomaba café mientras veía la tele.
  Tomé mi propia mano. Realmente no sé si estaba fría, pero estaba petrificada, ya nada podría moverme, nada podría resucitarme nunca. Lamenté haber corrido por aquél bosque la tarde de ayer. Lamenté haber sido tan estúpida y entonces, me puse a llorar.
-Sólo mírate, pequeña—Mi voz se fue un instante. —No te mereces esto. —Le dije a mi mortífero cuerpo, tragando saliva con dificultad. —No te mereces ni una pizca de esto. Lo… Lo siento mucho…m… mucho… —Sollocé un poco mientras acariciaba mi propio cabello, como solía hacer la abuela cuando me sentía triste. Pensé que al consolar a mi cuerpo, mi alma se sentiría mejor, pero no fue así. En vez de eso, sentí enojo e impotencia. Ya no podía hacer nada. Era invisible.
  De repente, sentí una clase de calor intenso que me quemó un poco la mano. Di un ahogué un grito y mi mano fantasmal reaccionó, soltando la mano de mi cadáver.
 El chico que se encontraba viendo televisión, ya estaba hincado junto a mí, tomando la misma mano que yo estaba sosteniendo antes. Sólo lo miré con asombro. ¿Cómo es que pude haber sentido su calor si yo ya no existía en su realidad?
Acarició mi rostro y sonrió. “¿Me muero y sonríes? Qué cínico,” le dije exasperada, pero él no podía escucharme.
  Ignorando mi extraña presencia, él hizo una mueca y tomó mi cuello. Pensé que iba a ahorcarme también.
"¿De qué demonios te sirve seguir lastimándome si ya he muerto?” le dije con amargura al oído, actuando en defensa propia.

  Sin embargo, en vez de apretarme el cuello, el chico bajó un poco la mano hasta encontrarse con mi collar, el cual tomó y, unos segundos después, arrancó. Era una cadena de plata brillante y el dije era hermoso; una clave de sol que dejó de brillar cuando mi corazón se detuvo. El dije tenía mis iníciales. Había sido un regalo de mamá. El collar era el único recuerdo que tenía de mi familia. Ahora éste era robado de mí así como mi vida lo fue.
  A pesar de ser pequeño, el muchacho sostuvo mi collar como si tuviera gran peso con ambas manos y lo contempló con detenimiento. Memorias viejas regresaron a mi mente de fantasma. Porque eso era yo; un vil fantasma.
  Mamá me había llevado al hospital a visitar a mi hermana en nuestro cumpleaños. Fue el último cumpleaños que había celebrado con mi gemela. Isabella se veía mal ese día. Sólo teníamos cinco años, pero yo no tenía miedo. Lo único que quería era verla. Recuerdo haber pasado el día entero con ella, jugando en la silla de ruedas que le prestaron porque su lado izquierdo estaba totalmente paralizado. Fue la última vez que la vi así, fue la última vez que la vi. En nuestro cumpleaños número cinco lo pasamos bien. Al final del día, mamá nos había dado un beso en la frente a ambas y nos había regalado a cada una un collar con nuestras iníciales. Mi hermana había sonreído de oreja a oreja y nos había dado un abrazo fuerte a ambas… Después de eso, todo es borroso. Detrás de mis párpados, la imagen se desvanece con rapidez. Se va mi memoria.

“Recuerdo esto,” dijimos al unísono. Cuando su voz acompañó a la mía, regresé a la realidad. La voz del muchacho era diferente a la voz que me gritaba antes de morir. Entonces, asumí que él no había sido quién se había encargado de golpearme.

  ¿Él recordaba mi collar? ¿Entonces, quién era?

   Se acercó un poco a mi rostro golpeado y miró mi cuerpo atentamente; yo lo observaba a él de la misma manera. Quitó mi cabello de mi pecho y apoyó su oreja, cerrando los ojos.
-Por favor, late. Por favor, por favor, palpita. —Le suplicó a mi corazón como si en serio esperara a un milagro, pero ningún sonido que mostrara que yo seguía viva apareció. Creo que un par de lágrimas recorrieron su rostro, pero no puedo asegurarlo.

 De pronto, el joven se levantó de un salto y metió mi collar a su bolso, supongo que algo también pasó por su mente. La despreocupación que había mostrado hace un rato, se volvió un gesto de angustia en su rostro.

Quizá recordó que acababan de asesinarme justo ahí. Quizá recordó que un asesinato es algo imperdonable y quizá recordó que la policía estaría buscándolos, ya que se puso a limpiar todo. Parecía una sirvienta que hace mal el quehacer y que esconde el polvo debajo de la alfombra.
  Tiró la taza de café y un par de botellas de cerveza en una bolsa negra. Apagó la televisión y, en la penumbra, se acercó de nuevo a mi cuerpo.
 Me tomó entre sus brazos, como si yo no fuera un muerto, sino una niña acabada de dormir.
  “¿No te doy miedo?” Le pregunté, mirándolo de soslayo. Como esperaba, él no respondió. Estaba muy ocupado acomodándome en el suelo con cuidado. Después de eso, se miró en el espejo de cuerpo entero. Sus manos ya estaban manchadas de mí. Su rostro se crispó ante su propio reflejo. Yo me paré junto a él, sin lograr ver el mío.  
“¿Ves en lo que te has convertido?” Volví a hablarle. No sé por qué, pero sentía que de algo servía que lo hiciera. “Eres un asesino. ¡Ese es el reflejo de un asesino!”
  Se hincó entonces y  sollozó. No le veía bien, pero creo que alzó las manos al aire. Luego escuché su voz.
 -Soy un monstruo. —Fue lo único que musitó antes de recostarse desesperanzado en el pútrido suelo.
  Se quedó tirado ahí, a unos metros de mi cuerpo. Después, volvió a levantarse. Gruñó un poco y golpeó el espejo, haciéndolo quebrarse en mil pedazos. Al parecer no se lastimó, porque no hizo ningún sonido que anunciara dolor. Luego, buscó detrás del marco del espejo y encontró una enorme maleta. La abrió e hizo algo extraordinario; con gran destreza y cuidado al mismo tiempo, acomodó mi cuerpo de tal forma que no me deformara mucho ahí dentro y logró cerrarla.

-Lo siento- susurró a la maleta.
  Miré con desprecio al chico y luego miré de la misma manera a mi nuevo ataúd. ¡Bah! Una maleta de ataúd. ¿A quién se le hubiera ocurrido?

  De pronto, una serie de luces comenzaron a asomarse por la pequeña ventana del lugar. Rojo, azul, rojo, azul, rojo, azul, simultáneamente hasta que a veces se veían púrpuras.
   Algo de satisfacción pasó por mi pecho. "Sí, los atraparon,” pensé llena de euforia.  Tal vez mi historia no será tan trágica.
  Sin embargo, mis suposiciones eran sólo eso, pensamientos inciertos que jamás sucederían porque la vida no era un cuento de hadas.

  El muchacho miró la ventana y sus claros ojos fueron deslumbrados por las luces. Entrecerró los ojos y se apuró a tomar la maleta sin cuidado. Tomó una gorra de béisbol roja y se la puso.
  Vaya disfraz.

  No sé de dónde sacó fuerzas pero salió huyendo con mi ataúd en una sola mano, golpeó la mesita accidentalmente, haciendo que la televisión cayera al suelo provocando un estruendo de aceros que hasta a mi cadáver habría despertado.
 
  Salió disparado al estacionamiento trasero del lugar. Decidí seguirlo. La materia de la que estaba “hecha” ahora, me permitía flotar y dirigirme a cualquier lado de manera rápida. Mi joven asesino tomó las llaves de su bolsillo, abrió la puerta de atrás de un auto negro y aventó la maleta donde mi cuerpo descansaba. Me subí al asiento del copiloto sin pensarlo. Él entró y comenzó a conducir como lunático.

***
  Después de unas millas, las luces de las patrullas dejaron de perseguirnos. Comenzó a andar más despacio; yo seguía mirándolo con sorpresa. No podía creer que alguien pudiera ser tan vil como para asesinarme. Era tan joven para ser un quita-vidas.
  Lo observé con atención desde mi asiento.
  Su rostro estaba manchado de mí, de mi sangre, y manchado de algo de tierra. Su ropa estaba desgastada, usaba un suéter viejísimo y un par de pantalones de mezclilla. Apretaba las manos en el volante, de vez en cuando tamborileaba los dedos. Debajo de la gorra roja, pude ver sus ojos  titubeantes que miraban el camino. De aquí para allá iban sus pupilas. Susurraba una canción que no conozco, pero repetía,
“Could I? Should I?”


  Bajé un poco la mirada. Miré más allá de su nuca. Tenía un tatuaje en el cuello; un escorpión. Miré sus manos sobre el volante; letritas de tinta llenaban sus nudillos. Más tatuajes. Tenía una pequeña expansión en la oreja derecha. Parecía en serio un delincuente, pero a pesar de aquello, sus inexpertas acciones me hacían creer que no era más que un joven novato en todo esto.

   Después de algunas cuantas vueltas y un retorno, el muchacho frenó el auto, provocando que yo, el fantasma, saliera contra el parabrisas sin causar daño alguno al vidrio. Ahí en el suelo, miré a mí alrededor. El estacionamiento del lugar tenía escasos diez espacios para escasos diez carros. El lugar era una clase de supermercado de segunda mano, de aquellos en los que no consigues más que pan, leche y otras cosas que poca gente llega a comprar para comer.
   Rápidamente me levanté del césped. El pasto me dio cosquillas debajo del vestido. Corrí rápidamente en dirección al carro del chico. Cuando me metí al automóvil de nuevo, él ya se encontraba abriendo la puerta trasera.

-Ya llegamos, Scarlet. —Susurró a la maleta.
  ¿Sabía mi nombre? ¿Cómo? Tal vez era de esos acosadores que luego se vuelven violadores y asesinos, por eso me conocía. Qué repugnante.
  Puso mi ataúd-maleta en el suelo y cerró el auto, poniendo los seguros.  Caminó con pesadez hacia el pobre supermercado. Yo lo seguí por atrás con la mandíbula tensa. Las calles en la noche de este pueblo de mala muerte siempre me dieron miedo.
 
   Él cruzó la puerta de cristal del súper con confianza, como si del lugar más seguro del mundo se tratara.
“¿Me venderá como carne molida de res o qué le pasa a éste?,” me dije a mi misma. Realmente no me extrañaría que me hicieran algo así, pero no dejaría que alguien me comiera cual vaca de granja.  

  Al entrar, la garganta del muchacho hizo una arcada, como si quisiera vomitar.
-Huele pésimo ¿qué harán las chicas ahora? ¿Vender ratas de alcantarilla?—Se quejó mi joven asesino. Fue ahí cuando noté que también había perdido mi sentido del olfato. Por más que inhalé por la nariz, no logré percibir ni una pizca del hedor en el supermercado.  
  Sin embargo, aún podía ver. El lugar estaba podrido hasta el fondo. Algunas de las lámparas blancas del techo parpadeaban de manera intermitente, a punto de fundirse. El piso ya era amarillo, en algunos rincones estaba lleno de chicles pisados que nunca nadie había levantado. En medio se encontraban estantes de metal que guardaban poca comida, a la derecha se encontraba un mostrador con un vidrio que mostraba la putrefacta carne que vendían ahí dentro. Detrás del mostrador se encontraba una guapa cajera, la cual miró a mi asesino con ojos brillantes y se acercó a él, en esos tacones de charol negros que sólo una persona como ella usaría.

-Buenas noches, corazón. ¿Cómo estás?—Le saludó coqueta, quitándose el delantal blanco que usaba, dejando ver sus piernas largas y esbeltas debajo de una falda negra.
-Bien, gracias- respondió sonriendo tímido. Puso mi maleta en el suelo de nuevo.
-Pasa, no te avergüences.- lo tomó por los hombros y lo miró  de arriba abajo- ¿Qué traes ahí, corazón?
-Ah... yo... No, nada… - Titubeó. Noté que una gota de sudor cruzaba su nuca. ¿Cómo podría explicar él que traía un cadáver paseando en una maleta?
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